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domingo, 9 de julio de 2017

Mirarla

La vi por primera vez en un autobús. Pero si alguien me preguntara exactamente cuándo, no sabría responder.
Supongo que comencé a notar su presencia gradualmente, como cuando empiezan las lluvias y  césped se va tiñendo de verde. Fue una lenta y discreta transformación.

La vi por primera vez un día que estaba aburrido y cansado, de pie en mitad del autobús. Medio aplastado por la gente a eso de las 5:00 pm. 
Ella estaba en un asiento al lado de la ventana, con expresión indescifrable mirando hacia afuera. No me pareció guapa, no me pareció fea. Sólo la observé.

Cuando observamos a alguien por varios días, nos vamos dando cuenta poco a poco de sus hábitos. Eso empezó a pasarme a mí. Yo siempre subía tarde al bus, usualmente quedaba en la mitad, atrapado entre la gente. Y ella estaba siempre ahí, en el tercer o cuarto asiento después del espacio para personas en silla de ruedas. Supuse que se trataba de una chica de rutinas.
Después de un mes, la buscaba, siempre al subir al autobús; y ella siempre por ahí. Mirarla era como una especie de control de daños, la veía y sabía que al menos una de las variables de mi vida seguía en su sitio. Como cuando vas a comprar una película y te alegras porque el tipo que te las vende ya sabe que vas los viernes. Probablemente empecé a verla como una conocida. La miraba una, dos veces y eso era todo. Eso era suficiente para que todo siguiera igual.

Una de tantas tardes, no llevaba sus auriculares puestos, tampoco miraba por la ventana. Sus ojos se pasearon alrededor. Sentí que me miraba. Toda ella ojos castaños, detrás de unos lentes de aros negros.

A veces no iba en el bus, pero tampoco era una catástrofe, porque igualmente no la observaba todo el tiempo. Mis ojos caían en ella, sí, pero seguían su recorrido, por fuerza de costumbre. Yo también llevaba auriculares, y me perdía en la música. Me perdía, tratando de encontrarme. Buscándome en un mar de palabras atrapadas en canciones.

De vez en cuando no la encontraba, y sólo la veía cuando ya me iba a bajar.  Eso siempre era una bonita sorpresa, como cuando te asomas por la ventana y te das cuenta de que ha florecido tu planta favorita. Mis ojos se topaban con ella de pronto. Y todo yo sonreía por dentro sin darme cuenta siquiera.

Una ventana abierta, el viento le alborotaba los cabellos. Al principio ella se los retiraba del rostro, pero al cabo de un rato se aburría y sólo cuando los mechones negros le tapaban totalmente la cara; los apartaba. Un movimiento fluído. Me pareció hermosa por un instante. Luego fui yo quien apartó ese pensamiento con un movimiento mecánico.

Al menos dos veces por semana se sentaba con alguna amiga, conversaban la mayor parte del camino. Me alegraba verla acompañada, aunque en realidad ella parecía disfrutar de igual manera su viaje en solitario. Me agradaba mirarla observándolo todo o cerrando los ojos mientras sentía la música. Me agradaba mirarla de cualquier modo , incluso medio dormida.

Tiempo después me di cuenta de que  esa chica me gustaba. Demasiado en realidad. Se me aceleraba el pulso y una sensación de ir de bajada en la montaña rusa se apoderaba de mí en cuanto la tenía cerca.

Los fines de semana se me hacían eternos y los domingos los pasaba con la secreta alegría de sentir el lunes cerca. Me planteé varias veces cambiarme de mi colegio al suyo. Pero  la parte racional de mi mente me decía que era ilógico dejarlo todo por esa chica sin nombre en mi cabeza.

Y los días corrían, los autobuses pasaban y yo me moría anhelando su mirada.

¿Cómo acercarme a ella? ¿Cómo? Si aunque viajara en el mismo autobús que  yo, sentía que éramos incluso de distintas galaxias. Ni siquiera sabía su nombre. No sabía prácticamente nada.
Y me sentía estúpido por el hecho de que me gustara tanto. El solo mirarla aunque fuera una vez al día ponía mi mundo de cabeza. Me dejaba su imagen grabada a fuego en la retina y ahí se quedaba... Podían haber mil chicas más guapas en mi colegio y yo podía ver su belleza, pero nada conseguía que me olvidara de ella. De. Esa. Chica.

Un día la miré y me devolvió la mirada... Y sonrió... Juro que en ese momento el tiempo se detuvo y luego se rebobinó hacia atrás, hasta llegar al punto en que no había nada... y después la gran explosión. El Big Bang, el universo expandiéndose a partir de su sonrisa.

Recuerdos disueltos

— Nunca quise hacerte daño. Al menos no realmente...

Es el susurro que se oye en esa habitación a media luz. No se ve nadie pero se escucha. El aire está denso y cargado con un no se qué de tristeza, los  recuerdos flotan y se difuminan.

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No sabría decir en qué momento inició todo esto. Empecé a tomar conciencia de mi existencia una noche en que él jugaba con su sobrino. Tenía una linterna y sus brazos , nada más. Él movía sus manos y yo movía las mías, que se reflejaban en la pared.

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Un rayo de sol se mete a hurtadillas por la persiana y acaricia el rostro inmóvil.

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De repente lo seguía a todos lados, siempre y cuando hubiera iluminación.

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Las partículas de polvo danzan en el rayito de sol.

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Sin propónermelo imitaba sus movimientos. Su silueta era la mía, mi silueta era la suya. Nos movíamos en sincronía.

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Se escucha un suspiro que llena la habitación. Parece no tener lugar de  procedencia.

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Me gustaba acompañarlo a casi todos lados. Era yo quien lo escuchaba cuando estaba triste o enojado. Me encantaba su risa. Me agradaba su tono de voz.

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El rayo de sol se ha movido, ahora ilumina parte de su brazo.

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Amaba ir con él al colegio, casi siempre estaba sonriendo... Le hacíamos muchos favores a una chica.

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El tiempo avanza lentamente con paciencia excesiva, como si no quisiera darle paso a la oscuridad.

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En las noches él encendía la lámpara que había en su escritorio. Sacaba papel de color rosa pastel y tomaba la pluma. A veces escribíamos mucho, luego sus ojos se paseaban por las palabras. Pero el papel siempre terminaba arrugado en el basurero.

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Una sombra se pasea por la ventana, pero solo por un momento.

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Un día escribimos mucho rato. El papel acabó cuidadosamente doblado en algún lugar de su salveque. Amé su gesto de felicidad, debía ser algo bueno.

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Una fría brisa mueve ligeramente la persiana.

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El día siguiente fue nublado, no lo acompañé al colegio.

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Se suponía que a él le diera frío. Pero no.

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Regresó con una enorme sonrisa. La expresión de sus ojos era de pura felicidad. Sentí una especie de celos, yo no había estado ahí.

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Los minutos sonríen despiadados, como si supieran lo que va a suceder.

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Escribimos mucho, las palabras, que a mí me parecían indescifrables, llenaban más de dos páginas.
Empezó a leer en voz alta. Su voz sonaba aún más bella. Me miraba mientras lo hacía, fue maravilloso.

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Ahora silencio, mucho silencio; se extiende a saltos por la estancia.

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Él "me decía" que sentía mi presencia en todas partes, que le encantaba mi forma silenciosa de ser. Su mirada tierna al decirlo era indescriptible. Afirmaba que amaba mi sonrisa y mi esbelta figura. ¿Cómo podía amar mi figura?

No lo sabía, no me importaba. La felicidad me invadía... Duró tan poco tiempo.

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Una gota de desesperanza se funde con la amargura, y bailan lúgubremente al son de una extraña canción.

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Al llegar el receso fuimos a una zona verde, bajo el árbol de siempre. Ella llegó también. Sonreía, pero su sonrisa no era tan enorme como la de él.

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El baile acaba, la amargura se va, pero ha dejado un trozo de sí en el lugar.

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Es curioso como la felicidad puede alcanzar un punto tan alto y después desplomarse en un instante. Un instante ácido y doloroso, punzante.

Ocurrió cuando él tomo su cara entre sus manos. Y se acercó despacio. Cuando sus frentes estuvieron tan cerca y sus alientos se mezclaron. Cuando sus labios se rozaron.

No pude seguir mirando. Me marché y conmigo mi alegría, todo se desvaneció. Al igual que se desvanecen los monstruos de la habitación cuando ya ha amanecido. Nada queda, ya nada es real.

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Nada pasa. Todo está congelado, esperando.

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Sentía un inmenso vacío. Vagué sin rumbo y perdí la noción del tiempo. Mis pensamientos giraban en una enfermiza espiral.

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La espera continúa, impacientemente; eso sí.

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Pasó una semana. El dolor se convirtió en enojo, el enojo en rencor, el rencor en odio. Definitivamente el amor desapareció.

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Se escucha ruido en la calle. Parecen risas despreocupadas, de gente que no tiene idea de lo que sucedió.

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Me provocaba náuseas la sonrisa de ella. Esa sonrisa omnipresente, imborrable. Perenne. No se iba con nada, se intensificaba al estar cerca de él. O cuando escuchaba las frases que debían ser para mí.

El odio me quitaba la respiración, no me dejaba en paz.

Tomé una decisión. Uno de los dos tenía que desaparecer. No iba a ser yo.

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La gente se ha ido. Pero el eco de sus pasos se escucha todavía.

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Ese odio me fortaleció. Me hizo capaz de mover cosas. De materializarme por segundos.

Al darme cuenta de ello, una risa escandalosa y desagradable salió de la que ahora era mi boca. Y ella la escuchó.

Luego me torné invisible.

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Ahora la sombra camina despacio por la habitación. Se mueve con gracia y agilidad. Pero no puede escapar.

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Cada vez más minutos visible. Para mí significaban oportunidades. Probabilidades de acabar con él. Cada vez más grandes. Cada vez más cerca. La satisfacción me llenaba. La risa se oía más fuerte.

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La impaciencia la domina. Sabe que no hay nada qué hacer.

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El plan estaba listo. Todo perfecto, ni un detalle al azar. Yo sabía que él estaba buscando un departamento, ahora que iría a la universidad. Lo llamé. Me sabía de memoria su número de teléfono, cada dígito dolía.

Él iría a verlo esa misma tarde. Me moría de nervios por la anticipación.

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Ahora se sienta en una esquina, sin perderlo de vista. Como si eso sirviera de algo.

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Mi odio hacia ellos, hacia él, se mantenía. Me volvía sólida, visible. Aún así los espejos no me reflejaban.

Cuando me materializé vestía de negro. Como mis intenciones.

Tenía la piel asombrosamente blanca, pálida. Las uñas pintadas de rojo sangre y el cabello lizo y tan perfecto como mi plan.

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Lo mira una vez más, sus mirada se detiene en su rostro y luego, lentamente se desvía.

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Todo iba perfecto, de maravilla, el departamento le había encantado. Yo le había ofrecido café, el aceptó; como estaba previsto.

Una semilla de arrepentimiento brotó en mi mente. Entonces decidí darle una oportunidad.

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Es verdad que aquello no servía, pero parecía desacelerar los segundos.

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Empecé a coquetear con él. Me seguía el juego. Una luz de esperanza para mí, para él ; para nosotros, se encendió. Pero era débil muy muy débil.

Decidí "jugármela", la verdad sea dicha, no tenía nada que perder. Él sí. Se veía tan confiado. Sin saber que en su próximo acto estaría su salvación... O su condena.

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El viento había vuelto. Desordenaba los cabellos del muchacho, le tapaban parcialmente la frente. Nadie los retiró.

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Me acerqué a él, lo intenté besar. Lentamente, con suavidad, como ella lo hacía... Me rechazó de forma brusca.

Tengo novia, me dijo, la amo; agregó. Acababa de firmar su sentencia. El arrepentimiento se esfumó.

*****

Soplaba con ímpetu, como ordenándole abrir sus ojos.

*****

Fingí una sonrisa, que debió verse siniestra, pues él se removió incómodo. No importó, ya nada importaba.

— No pasa nada. Si quieres ve a la sala. Tu café ya está casi listo. - Le dije -.

El infeliz me hizo caso. Se quedó de pie en la sala, mirando a través de la persiana abierta.

Sintió mi presencia tarde. Demasiado, diría yo. No le dio tiempo de reaccionar. Con un golpe seco en la sien y tan fuerte como el odio y el dolor de su rechazo... Lo derribé... y nunca más más volvió a moverse...

****

Los recuerdos disueltos en el aire también son arrastrados por el viento, que se los lleva lejos. Ahora solo quedo yo.

Me rememoro a mí misma diciéndole que nunca quise hacerle daño. Y es verdad.

Intento escapar, no puedo. No puedo despegarme de él, y no es porque no lo desee. Deseo desesperadamente haberme ido con los recuerdos. Pero no. Estoy presa en este sitio.

Lo he descubierto demasiado tarde. Cuando el sol se ponga, cuando la luz abandone esta habitación; desapareceré yo también. No estaré aquí por la mañana. Voy a esfumarme; y no quiero.

No obstante, nada puedo hacer. Solo lo miro e intento que eso ralentize los minutos. Me detengo en su rostro, pero las horas pasan, se escurren.

Y me siento estúpida porque debí saber que yo no soy más que su sombra.

Que yo no era más que eso.

Y la oscuridad llega...

...Diciembre 2016