domingo, 9 de julio de 2017

Recuerdos disueltos

— Nunca quise hacerte daño. Al menos no realmente...

Es el susurro que se oye en esa habitación a media luz. No se ve nadie pero se escucha. El aire está denso y cargado con un no se qué de tristeza, los  recuerdos flotan y se difuminan.

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No sabría decir en qué momento inició todo esto. Empecé a tomar conciencia de mi existencia una noche en que él jugaba con su sobrino. Tenía una linterna y sus brazos , nada más. Él movía sus manos y yo movía las mías, que se reflejaban en la pared.

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Un rayo de sol se mete a hurtadillas por la persiana y acaricia el rostro inmóvil.

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De repente lo seguía a todos lados, siempre y cuando hubiera iluminación.

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Las partículas de polvo danzan en el rayito de sol.

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Sin propónermelo imitaba sus movimientos. Su silueta era la mía, mi silueta era la suya. Nos movíamos en sincronía.

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Se escucha un suspiro que llena la habitación. Parece no tener lugar de  procedencia.

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Me gustaba acompañarlo a casi todos lados. Era yo quien lo escuchaba cuando estaba triste o enojado. Me encantaba su risa. Me agradaba su tono de voz.

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El rayo de sol se ha movido, ahora ilumina parte de su brazo.

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Amaba ir con él al colegio, casi siempre estaba sonriendo... Le hacíamos muchos favores a una chica.

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El tiempo avanza lentamente con paciencia excesiva, como si no quisiera darle paso a la oscuridad.

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En las noches él encendía la lámpara que había en su escritorio. Sacaba papel de color rosa pastel y tomaba la pluma. A veces escribíamos mucho, luego sus ojos se paseaban por las palabras. Pero el papel siempre terminaba arrugado en el basurero.

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Una sombra se pasea por la ventana, pero solo por un momento.

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Un día escribimos mucho rato. El papel acabó cuidadosamente doblado en algún lugar de su salveque. Amé su gesto de felicidad, debía ser algo bueno.

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Una fría brisa mueve ligeramente la persiana.

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El día siguiente fue nublado, no lo acompañé al colegio.

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Se suponía que a él le diera frío. Pero no.

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Regresó con una enorme sonrisa. La expresión de sus ojos era de pura felicidad. Sentí una especie de celos, yo no había estado ahí.

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Los minutos sonríen despiadados, como si supieran lo que va a suceder.

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Escribimos mucho, las palabras, que a mí me parecían indescifrables, llenaban más de dos páginas.
Empezó a leer en voz alta. Su voz sonaba aún más bella. Me miraba mientras lo hacía, fue maravilloso.

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Ahora silencio, mucho silencio; se extiende a saltos por la estancia.

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Él "me decía" que sentía mi presencia en todas partes, que le encantaba mi forma silenciosa de ser. Su mirada tierna al decirlo era indescriptible. Afirmaba que amaba mi sonrisa y mi esbelta figura. ¿Cómo podía amar mi figura?

No lo sabía, no me importaba. La felicidad me invadía... Duró tan poco tiempo.

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Una gota de desesperanza se funde con la amargura, y bailan lúgubremente al son de una extraña canción.

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Al llegar el receso fuimos a una zona verde, bajo el árbol de siempre. Ella llegó también. Sonreía, pero su sonrisa no era tan enorme como la de él.

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El baile acaba, la amargura se va, pero ha dejado un trozo de sí en el lugar.

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Es curioso como la felicidad puede alcanzar un punto tan alto y después desplomarse en un instante. Un instante ácido y doloroso, punzante.

Ocurrió cuando él tomo su cara entre sus manos. Y se acercó despacio. Cuando sus frentes estuvieron tan cerca y sus alientos se mezclaron. Cuando sus labios se rozaron.

No pude seguir mirando. Me marché y conmigo mi alegría, todo se desvaneció. Al igual que se desvanecen los monstruos de la habitación cuando ya ha amanecido. Nada queda, ya nada es real.

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Nada pasa. Todo está congelado, esperando.

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Sentía un inmenso vacío. Vagué sin rumbo y perdí la noción del tiempo. Mis pensamientos giraban en una enfermiza espiral.

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La espera continúa, impacientemente; eso sí.

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Pasó una semana. El dolor se convirtió en enojo, el enojo en rencor, el rencor en odio. Definitivamente el amor desapareció.

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Se escucha ruido en la calle. Parecen risas despreocupadas, de gente que no tiene idea de lo que sucedió.

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Me provocaba náuseas la sonrisa de ella. Esa sonrisa omnipresente, imborrable. Perenne. No se iba con nada, se intensificaba al estar cerca de él. O cuando escuchaba las frases que debían ser para mí.

El odio me quitaba la respiración, no me dejaba en paz.

Tomé una decisión. Uno de los dos tenía que desaparecer. No iba a ser yo.

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La gente se ha ido. Pero el eco de sus pasos se escucha todavía.

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Ese odio me fortaleció. Me hizo capaz de mover cosas. De materializarme por segundos.

Al darme cuenta de ello, una risa escandalosa y desagradable salió de la que ahora era mi boca. Y ella la escuchó.

Luego me torné invisible.

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Ahora la sombra camina despacio por la habitación. Se mueve con gracia y agilidad. Pero no puede escapar.

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Cada vez más minutos visible. Para mí significaban oportunidades. Probabilidades de acabar con él. Cada vez más grandes. Cada vez más cerca. La satisfacción me llenaba. La risa se oía más fuerte.

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La impaciencia la domina. Sabe que no hay nada qué hacer.

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El plan estaba listo. Todo perfecto, ni un detalle al azar. Yo sabía que él estaba buscando un departamento, ahora que iría a la universidad. Lo llamé. Me sabía de memoria su número de teléfono, cada dígito dolía.

Él iría a verlo esa misma tarde. Me moría de nervios por la anticipación.

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Ahora se sienta en una esquina, sin perderlo de vista. Como si eso sirviera de algo.

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Mi odio hacia ellos, hacia él, se mantenía. Me volvía sólida, visible. Aún así los espejos no me reflejaban.

Cuando me materializé vestía de negro. Como mis intenciones.

Tenía la piel asombrosamente blanca, pálida. Las uñas pintadas de rojo sangre y el cabello lizo y tan perfecto como mi plan.

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Lo mira una vez más, sus mirada se detiene en su rostro y luego, lentamente se desvía.

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Todo iba perfecto, de maravilla, el departamento le había encantado. Yo le había ofrecido café, el aceptó; como estaba previsto.

Una semilla de arrepentimiento brotó en mi mente. Entonces decidí darle una oportunidad.

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Es verdad que aquello no servía, pero parecía desacelerar los segundos.

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Empecé a coquetear con él. Me seguía el juego. Una luz de esperanza para mí, para él ; para nosotros, se encendió. Pero era débil muy muy débil.

Decidí "jugármela", la verdad sea dicha, no tenía nada que perder. Él sí. Se veía tan confiado. Sin saber que en su próximo acto estaría su salvación... O su condena.

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El viento había vuelto. Desordenaba los cabellos del muchacho, le tapaban parcialmente la frente. Nadie los retiró.

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Me acerqué a él, lo intenté besar. Lentamente, con suavidad, como ella lo hacía... Me rechazó de forma brusca.

Tengo novia, me dijo, la amo; agregó. Acababa de firmar su sentencia. El arrepentimiento se esfumó.

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Soplaba con ímpetu, como ordenándole abrir sus ojos.

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Fingí una sonrisa, que debió verse siniestra, pues él se removió incómodo. No importó, ya nada importaba.

— No pasa nada. Si quieres ve a la sala. Tu café ya está casi listo. - Le dije -.

El infeliz me hizo caso. Se quedó de pie en la sala, mirando a través de la persiana abierta.

Sintió mi presencia tarde. Demasiado, diría yo. No le dio tiempo de reaccionar. Con un golpe seco en la sien y tan fuerte como el odio y el dolor de su rechazo... Lo derribé... y nunca más más volvió a moverse...

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Los recuerdos disueltos en el aire también son arrastrados por el viento, que se los lleva lejos. Ahora solo quedo yo.

Me rememoro a mí misma diciéndole que nunca quise hacerle daño. Y es verdad.

Intento escapar, no puedo. No puedo despegarme de él, y no es porque no lo desee. Deseo desesperadamente haberme ido con los recuerdos. Pero no. Estoy presa en este sitio.

Lo he descubierto demasiado tarde. Cuando el sol se ponga, cuando la luz abandone esta habitación; desapareceré yo también. No estaré aquí por la mañana. Voy a esfumarme; y no quiero.

No obstante, nada puedo hacer. Solo lo miro e intento que eso ralentize los minutos. Me detengo en su rostro, pero las horas pasan, se escurren.

Y me siento estúpida porque debí saber que yo no soy más que su sombra.

Que yo no era más que eso.

Y la oscuridad llega...

...Diciembre 2016

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