Escribo aunque las palabras no sean suficientes en estos tiempos grises. Aunque se escabullan como un susurro asustado en medio de la noche. Porque un susurro es mejor que sólo la oscuridad vacía. Porque decir poco es mejor que no decir nada, que callar.
Porque no todo es tan negro, ni tan gris.
A veces la vida se llena de tonos de color. Rojo, verde, azul, celeste...
Palabras.
Puede que las historias largas se me resistan, que mis personajes estén todavía medio desdibujados, que las escenas sean imprecisas; pero escribir me salvó... Y lo sigue haciendo.
Es como cuando de pronto alguien te pasa una única respuesta y tú de repente te acuerdas de toda la materia del examen. Escribir mueve mis engranajes. Ayuda a respirar. Porque cuando escribo no mando yo, sino las palabras, que aunque rebeldes; son lo mejor que tengo.
Puede también que mis escritos sean medio tristes o un poco dramáticos, pero es lo que hay. No me considero escritora, pero me gustaría llegar a serlo. Alguien dijo que un escritor no toma nota de la bondad o maldad ajenas, sino que busca en su propio corazón. Y yo busco. Y eso es lo que encuentro. Una aleación agridulce entre tristeza y alegría. Un contrapunto entre rendirse o seguir. Una forma de desafiar a la nada que quiere quedarse con todo.
Y tengo en mi cabeza un montón de historias que aún no sé cómo contar. Lo que importa es que están siempre conmigo. Que mientras voy en el autobús, llega de vez en cuando uno de mis personajes a conversar, a preguntarme cúando voy seguir con su historia. Y que sigo insistiendo, tratando de entender las palabras que llevo dentro, editando, corrigiendo o dejándolas como están...
Escribo...
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